La cola se extendía más de 7 km por las calles de Avellaneda. Cientos de miles de personas se acercaron el domingo para despedir a Carlos "Indio" Solari, el rockero que murió el viernes de un derrame cerebral a los 77 años. Para buena parte del planeta, el nombre no dice nada. Para Argentina, y en menor medida para Uruguay, significaba todo.
Esa paradoja, reportada por The Guardian, es el punto de partida para entender cómo funciona el rock nacional como eje del entretenimiento popular en este país.
Solari cofundó Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en 1976, banda que se convertiría en uno de los fenómenos culturales más influyentes de la Argentina del siglo XX. El grupo se separó en 2002, pero la figura del Indio siguió creciendo. Su último concierto en vivo, en 2017, reunió a unas 400.000 personas. La enfermedad de Parkinson lo obligó después a alejarse de los escenarios.
Lo que esas cifras no terminan de explicar es la textura del vínculo. Canciones como "Ji ji ji" y "La gran bestia pop" son omnipresentes en bodas, partidos de fútbol y fiestas en toda Argentina. No son hits de radio en rotación, son parte del paisaje sonoro de la vida cotidiana. Su seguimiento es especialmente fuerte entre los jóvenes de clase trabajadora, aunque atraviesa generaciones por completo. Fuera de Argentina y la vecina Uruguay, que comparte gran parte de su herencia cultural y lingüística, Solari era prácticamente desconocido.
Lorena Núñez, trabajadora farmacéutica uruguaya que cruzó el Río de la Plata para estar en la cola del velatorio, lo resumió con precisión: "Las mejores cosas de Argentina fueron El Indio y Maradona." Después agregó que él les enseñó "el valor de la palabra, obligándonos a pensar para interpretar sus letras." Su amigo Matías Rodríguez, que viajó con ella desde Uruguay, fue más directo: "El Indio no es solo un cantante: para nosotros es como familia; para mí, es mi viejo."
Brenda Grilli, estratega de contenido y especialista en marketing digital de Apuestas.Guru, sigue de cerca el mercado del entretenimiento digital hispanohablante, en particular el argentino. Desde esa posición, el velatorio del Indio le resulta revelador de algo más amplio que el duelo.
La misma audiencia popular que hizo cola durante horas en Avellaneda reparte su ocio y su presupuesto de entretenimiento entre varios frentes. El rock nacional ocupa un lugar emocional que ningún algoritmo replica. El fútbol, con sus rituales de cancha y TV, estructura otra parte del tiempo libre. Y el ocio digital de cariz deportivo también tiene su espacio. Plataformas como apuestas.guru se han convertido en un punto de referencia para una parte de esta audiencia, que traslada su interés por el deporte hacia las apuestas en línea como una forma de entretenimiento responsable e informado.
"Las audiencias argentinas tienen una pasión visceral en sus gustos que probablemente no encontrés en ningún otro lado", señala Grilli, citando las palabras de Pablo Perantuono. Para ella, eso explica tanto la magnitud del velatorio como la intensidad con que esas mismas comunidades se comprometen con cada forma de ocio que adoptan.
La pregunta que ronda cada análisis del fenómeno es la misma: ¿cómo puede alguien con 400.000 personas en un recital ser casi invisible en el resto del mundo?
Pablo Alabarces, sociólogo especializado en cultura popular, tiene una respuesta precisa. "Es un estilo de rock muy distintivo que no escuchás en ningún otro lugar de América Latina", sostiene. "Esa poética críptica y de clase trabajadora es muy argentina. En la poesía del Indio no existe algo así como un español neutro, lo que la hace comprensible solo para una audiencia local." Alabarces también señala que géneros como el trap y el reggaeton circulan con facilidad por toda América Latina, mientras el rock permanece moldeado por historias nacionales y experiencias políticas distintas. "Hacer rock bajo la 'dictadura perfecta' del PRI en México no es lo mismo que hacerlo bajo el régimen de terror de Videla en Buenos Aires", apunta.
Pablo Perantuono, periodista y coautor de un libro sobre la banda de Solari, describe esa música como una síntesis cosmopolita pero inconfundiblemente argentina, que bebe del tango, los beatniks y el rock angloamericano. Solari autoprodujo su obra, rechazó los sellos discográficos y raramente concedió entrevistas. Esa decisión de autogestión, que reforzó su mística, también limitó cualquier circulación internacional. Para Perantuono, el fenómeno no es tan extraño si se considera que bandas extranjeras como los Ramones o el grupo punk alemán Die Toten Hosen han tenido más seguidores en Argentina que en sus propios países de origen.
La dimensión política del velatorio no pasó inadvertida. El gobierno de Javier Milei rechazó el permiso para celebrar la ceremonia en el edificio del Congreso. La despedida terminó realizándose en Avellaneda, distrito gobernado por peronistas, lo que le dio al evento una carga simbólica adicional que muchos de los presentes no pasaron por alto.
Cientos de miles de personas igual se bajaron a hacer la cola. La geografía política del lugar de la ceremonia importaba menos que el acto de estar ahí. En la multitud, los asistentes seguían cantando canciones del Indio mientras esperaban para verlo por última vez.
Daniel "Roli" González, trabajador de mantenimiento de 37 años, lo dijo mirando la marea de gente alrededor: "Es hermoso; es un privilegio vivir esto. No podés vivir esto en ningún otro lado. Es único."
Dejá un comentario